El pasado martes 5 de
marzo el cáncer se cobró la vida de Hugo Chávez, presidente de la República Bolivariana
de Venezuela desde 1999. Su muerte, lejos de llorarse en silencio, ha llenado
las calles con toda aquella gente a la que le cambió la vida. Toda esa gente
que hace 14 años se moría de hambre y a la que hoy no le falta el pan. Este cambio,
y este amor de su pueblo, solo los pudo conseguir gracias a que la fortuna le
regaló un pozo rebosante de petróleo. Sin embargo, fueron sus decisiones sobre
qué hacer con esa fuente de riqueza lo que cambió la cara del país.
Pero
como no es oro todo lo que reluce, no debemos olvidar que, durante su mandato,
Venezuela se convirtió en uno de los países con más asesinatos del mundo.
Además, según los organizadores internacionales de policía, el país se ha
convertido en un imán para falsificadores, blanqueadores de dinero y
traficantes de seres humanos, armas y drogas. Y la ONU señala a Venezuela como
principal proveedor de drogas de Europa. Llegados a este punto, uno no sabe si
entronizar al líder o encerrarle en prisión.
Sin
embargo, si hay un calificativo que se tiene que eliminar de la escena cuando
hablamos de Hugo Chávez es el de dictador. No se puede considerar dictador a
una persona que ganó las elecciones ocho veces consecutivas. Es cierto que, una
vez en el poder, hizo todo lo posible para consolidarse en él, cosas que
analizadas desde nuestro sistema democrático veríamos ilegales. Pero los votos
son los votos, y esa es la principal diferencia entre un presidente y un
dictador. El 55% de este país le dice a toda la comunidad internacional que su
líder no era un dictador, sino una persona amada y respetada con sus luces y
sus sombras.
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