Tan utópico como
necesario es pensar que la Constitución puede cambiarse en un país donde todo
se reduce a conseguir votos. Los políticos españoles se han olvidado de la
importancia del honor y no lo van a recuperar viendo a los ciudadanos como
meros votantes, y no como personas merecedoras de derechos, tales como una
vivienda y un trabajo dignos. El ejemplo está claro: Mariano Rajoy, en la
última campaña electoral, nos prometió el cielo, y en lugar de dárnoslo, cada
día nos acerca un poco más al infierno. El gran drama es que las alternativas tampoco
resultan ser muy alentadoras.
La
Carta Magna de 1978 tenía su razón de ser en los años convulsos en que fue
escrita. Se necesitaba un cambio de manera inmediata y pacífica. Ahora
necesitamos otro cambio, pero las circunstancias no auguran ni la inmediatez ni
la paz. Los españoles necesitan saber que sus impuestos van destinados a hacer
de España un lugar más habitable, y no al bolsillo de Luis Bárcenas o al corrupto
de turno. Necesitan saber que sus votos van a sacar al país del bipartidismo y
que el objetivo no es la mayoría absoluta, sino el ansiado consenso de entonces.
Y necesitan saber que su futuro está dentro de España
La
diferencia entre aquel lejano 1978 y este aterrador 2013 se puede resumir en
una cuestión: la sociedad de aquel momento, recién liberada del yugo de una
dictadura, estaba ansiosa por acudir a las urnas, sin dudar de que su voto era
tan importante como justo. Actualmente, la sociedad está demasiado decepcionada
como para pensar que su voto puede cambiar las cosas. Necesitamos una Segunda
Transición, pero para ello hay que recuperar la capacidad de creer que un mundo
mejor es posible.
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